El profesionalismo no se trata de ser duro, frío o excesivamente estricto.
Se trata de estándares.
Y, sobre todo, de consistencia.
Estándares en cómo empiezan y terminan las prácticas.
Estándares en la comunicación.
Estándares en cómo se cuidan los detalles, incluso cuando sería más fácil dejarlos pasar.

Los atletas lo notan todo. Notan cuando las reglas cambian según el día. Notan cuando algo importa a veces, pero otras no. Y ajustan su comportamiento en consecuencia.
Los estándares claros generan confianza. Los atletas saben qué significa estar listos. Saben cómo prepararse. No tienen que adivinar.
El profesionalismo también se percibe desde fuera.
Los padres notan la organización.
Otros equipos notan la coherencia.
Y los atletas sienten orgullo de pertenecer a un programa que se ve y se siente bien estructurado.
Pero los estándares más importantes se definen cuando nadie está mirando.
Cuando el equipo se revisa con anticipación.
Cuando los uniformes están cuidados y son consistentes.
Cuando la preparación ocurre antes de que sea urgente.
No son momentos llamativos. Son silenciosos.
Pero con el tiempo, definen la cultura del programa.
El profesionalismo no es perfección. Es cuidado.
Y cuando los atletas sienten que lo que hacen importa, se elevan para estar a la altura.
